Cordillera: Más que fiesta, experiencias que nos transforman

personJacqueline Enriquez Meza

date_rangeSeptiembre 19, 2026

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Me tomó casi ocho días sentarme a escribir estas líneas. Y no fue porque no me hubiera gustado el festival, sino todo lo contrario: necesité tiempo para procesar el torrente de emociones, recuerdos y reflexiones que me dejó esta edición del Festival Cordillera.

​Pertenezco a una generación que creció escuchando buena música en la radio; "yo crecí con mis vecinos cuando hablar era un peligro allá en el ...78" crecí con magnífico rock en español, los prisioneros, soda estéreo, enanitos verdes, Miguel Mateos, Caifanes, Fito Páez, Calamaro y Charly García. Artistas que, sin darnos cuenta, se convirtieron en la banda sonora de nuestras vidas. Sin embargo, volver a ver a muchos de ellos en vivo, con la madurez de los años, te cambia por completo la mirada sobre lo que cantaban.

​La resignificación del rock

​Tengo 47 años y debo confesar algo: en mi juventud nunca entendí del todo el verdadero significado de «Lola», el clásico de Miguel Mateos. En mi inocencia de entonces, pensaba que era una canción sobre una chica que salía a divertirse. Ver el video proyectado en el escenario y entender que era una descarga profunda para visibilizar el abuso y buscar liberar a una joven de esa violencia, me dejó impactada.

​En nuestra época el acoso y el abuso eran temas tabú de los que poco o nada se hablaba. Qué valiosa lección sobre cómo el tiempo modifica los ojos del espectador y nos saca de la trivialización. Más allá de la música, me pareció profundamente firme y necesario escuchar a Mateos alzar la voz y gritar "es que abusa es un hijo de p u t a y merece pudrirse en la cárcel por siempre" fue el lugar para reafirmar las luchas, en un momento donde las mujeres necesitamos más representatividad que nunca.

​Esa misma línea de conciencia social se sintió con fuerza en la presentación de Mägo de Oz. La banda sorprendió con una puesta en escena implacable, coordinada e impecable que nos reencontró con la riqueza del rock en nuestro idioma y su histórico homenaje a México. Pero su momento más crucial llegó al presentar una de sus nuevas canciones, dedicada a visibilizar y denunciar la violencia sexual oír "Mi cuerpo y yo nos dejamos de hablar" de la banda Mägo de Oz que narra de manera cruda y dolorosa el tema de la violación y el abuso sexual de la voz de Xana Lavey. Nos hace ver la música como un catalizador de emociones y crea conciencia desde estos nuevos escenarios. De igual manera con la costa del silencio y de igual manera la interpretación de sus clásicos y ver a jóvenes de 18 años cantar a pulmón herido esos temas que salieron cuando yo estaba en la universidad demuestra la vigencia y la convergencia mágica de edades y gustos que solo logra la buena música.

​Memoria, país y resiliencia

​La jornada continuó cargada de reflexiones necesarias sobre sororidad, migración, unión y empatía. Doctor Krápula volvió a mover fibras exigiendo "que se reconozcan los niños y las niñas, exigimos que se respete las palabras campesinos y campesinas; nuestras exigencias son unilaterales representando el frente brillante del sol y millones de corazones que esperan el primer rayo de la nueva aurora, rompemos siglos de silencio porque tenemos derecho a protestar...." además de iniciar con «Para todos todo» la importancia de buscar la unidad en un país frecuentemente polarizado. 

Por su parte, Caifanes y su tributo y memoria hacia las víctimas de tragedias recientes por el terremoto de nuestro país nos recordó que el arte también es un espacio para sanar en colectivo.

​El viaje emocional no se detuvo ahí. Al ritmo de The Latin Brothers, fue imposible no viajar en el tiempo y recordar las fiestas de nuestros padres y tíos. Aquellas celebraciones familiares de cumpleaños y bautizos en las salas de las casas, donde no existían códigos de vestimenta ni listas de regalos impuestas; donde la fraternidad, el compartir y el afecto sincero eran el verdadero centro de la reunión.

​Empoderamiento y la constancia de los sueños

​La cuota de talento y empoderamiento femenino brilló con luz propia gracias a las poderosas Flor de Lava. Sus letras, su fuerza en escena y temas como Velo  o Doña Sinvergüenza sentaron un mensaje claro de sororidad y construcción colectiva entre mujeres.

​Y si de inspiración se trata, lo de Andrés Cepeda fue monumental. Pasar de recordar sus inicios en escenarios pequeños a abarrotar las tarimas del Cordillera demuestra el valor de la perseverancia. Su versatilidad para transitar por distintos géneros nos dejó una lección no solo a los artistas, sino a cualquier emprendedor: no hay que renunciar a los sueños, hay que seguir tocando puertas, constancia, persistencia y trabajo duro se recompensan, jamás debemos dejar de soñar, persistir y resistir hasta conseguirlo

​Para el cierre, el desborde de energía con un impecable Ricky Martin y la fiesta del Club Macondo con ese Andres Cepeda maduro y con un sonido mágico en su formato big band nos hizo despedir el año con la música de las tías y nos fuimos bailando hasta el último instante; nos terminaron de ratificar que la música latina está más viva y vigente que nunca.

​La empatía como protagonista

​Más allá de la logística, la iluminación y el sonido —que estuvieron a la altura—, me me quedo con el comportamiento del público. Viví de cerca el espíritu de solidaridad cuando una persona perdió su celular: de inmediato, asistentes y personal de logística se unieron para ayudar a contactar y recuperar el dispositivo, demostrando que en estos espacios la gente buena y empática es mayoría.

​El Festival Cordillera me dejó el corazón lleno y la certeza de que la música no es solo entretenimiento: es memoria, es protesta y es un abrazo colectivo. Cuéntenme en nuestras redes sociales si les gustó esta reseña y, si quieren, les preparo la segunda parte.


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